10.12.08

El eje y la esquizofrenia *

* Por Sandra Russo - Pàgina 12 - 08.12.08

El eco sordo que dejaron las palabras de la jueza Carmen Argibay para explicar el fallo de la Corte sobre los chicos en conflicto con la ley penal.

La jueza Carmen Argibay habló fuerte la semana pasada. Su explicación sobre el fallo que evitó la libertad de sesenta chicos detenidos en institutos rasgó el telón del Truman Show. Bajo los efectos narcóticos del relato que tejen los medios y las declaraciones públicas de funcionarios del área de seguridad, e incluso bajo los efectos del otro relato, el alternativo, el que aborrece y denuncia las condiciones en las que están detenidos los chicos en conflicto con la ley penal, la medida de la Corte fue un baldazo de agua helada. Y Argibay, lejos de ponerles acondicionador a sus palabras, las erizó: habló de gatillo fácil, esbozó una vida real más allá del telón de la obra que representamos todo el tiempo como comunicadores o multiplicadores de un diagnóstico sobre seguridad.

“Esos chicos están marcados”, dijo.

“Si no vamos a cumplir los pactos internacionales sobre derechos civiles y derechos sociales, ¿para qué los firmamos?”, dijo.

“Si la policía protege a un pibe, el pibe sale a robar y no se hace rico, ¿para quién trabaja?”, dijo.

“El día que el pibe abre la boca, lo matan”, dijo.

Entonces lo que hay aquí es una jueza de la Corte Suprema de Justicia que no les pone acondicionador a sus palabras y que habla de una realidad que por un lado todos conocemos –¿o no? ¿O será que seguimos con el algo habrán hecho los pibes pobres? ¿O será que otra vez estamos en el limbo de no saber, de no sospechar, de lo ver lo que pasa acá enfrente?—, y por el otro negamos y encubrimos con vehemencia. “Es muy grave lo que dijo”, decía un analista de la televisión. “O sea que según la jueza hay gatillo fácil en la República Argentina”, decía otro, como si hubiera que anteponerle “república” a ese lugar en el que se tolera esta práctica: que la policía marca a los chicos con antecedentes, que los presiona para que salgan a robar para ella y les libera zonas para que operen, que los protege para que sigan actuando, y que si el chico quiere salirse de ese trato, lo matan.

La jueza Argibay corrió el eje del problema que tanto rédito les da a los grandes medios cuando lo abordan por otro lado. Cuando los crímenes que escandalizan en proporción al nivel socioeconómico de la víctima imponen el tema de la seguridad. Cuando los deudos de cualquier asesinado les regalan a las cámaras su desgarro, y las cámaras beben cada lágrima y ecualizan cada grito de dolor. Y entonces queda constituido un “nosotros” que somos los conductores del programa de televisión, sus espectadores, las víctimas de los asaltos, la policía, toda-la-gente-de-bien-que-quiere–vivir-en-paz y no puede porque están estos pibes, que son los nuevos malones que supimos conseguir.

Lo que está diciendo la jueza Argibay es que ese “nosotros” es falso, y que si lo aceptamos es porque somos esquizofrénicos. Porque está pasando lo que está pasando y no otra cosa, aunque lo diga la televisión. Porque es imposible que esos pibes salgan a la única escena que los espera y sobrevivan.

Y está diciendo que la policía extermina en silencio. Que hay un consentimiento, un equívoco social y discursivo que apaña a la policía, que la deja seguir exterminando en silencio. Tan brutal es lo que pasa, tan inenarrable es lo que se mantiene en silencio, que estamos cerca de hacer válida la pregunta que se hacían los españoles con los indios. Se preguntaban si tenían alma. Se preguntaban de qué orden eran esas criaturas tan distintas. ¿Los pibes pobres tienen alma? Si la respuesta es sí, lo lógico sería que pidamos justicia también para ellos, que hagamos marchas también para ellos, que nos duelan y nos arranquen sus muertes. Actuamos como si la respuesta fuera: no.

9.12.08

Menos mal que nos cuenta el paso a paso






Quedémonos sólo con lo supuestamente gracioso. La charla sobre lo ético, lo justo, el bien y el mal la dejamos para otro día. Pero nada más planteo mi interrogante: ¿No les parece que como es Crónica se acepta y hasta se justifica? Igual seamos honestos, está un poco bueno que sean "políticamente incorrectos".

Obsesión



Bueno, alguien tenía que romper el hielo…me ponía nervosa verlo tan vacío…así que empiezo yo.
Tengo una obsesión, desde hace mucho, pero se acentúa cada vez más, sobre todo desde que creamos el blog y quise escribir sobre ésto que me pasa, supongo que se debe a que empecé a observarla mucho más.
Mi obsesión –una de tantas- es saber qué pasa por la cabeza de mi perra Lola. Me intriga conocer el significado de cada una de sus miradas, qué estará pensando. No nos pongamos literales con si los animales piensan o no.
Hay algunas que son claramente entendibles: “Sacame a pasear”, “dame comida” (o agua en su otra variante) o “dejame dormir”.
Con respecto a la última, debo confesar que es casi imposible, verla tan tranquila, tan pasiva, me motiva a tirármele encima y llenarla de besos – y más de una vez morderle las orejas, hace un llantito de lo más tierno-. Sin embargo, por más cruel que esto parezca, cuando lo hago Lola se me acerca y me juega, y me busca… ¿Qué es lo que piensa? ¿No se da cuenta de que le estoy haciendo una maldad?
Y a la inversa, me pasó más de una vez estar haciéndole mimos en la panza, donde a estos bichos les encanta, y que me mantenga la mirada fija, como si estuviese enojada.
Ni hablar de cuando espía de reojo…eso me vuelve loca… ¿Qué me querrá decir? Si pudiese elegir tres poderes, sin duda que uno sería meterme en la cabeza de los perros…los otros dos no vienen al caso.
Podría escribir horas sobre las miradas de Lola, pero la tengo sentada acá al lado mió, tan tranquila, tan pasiva, que mejor prefiero ir a morderle las orejas…